Vivir para Aprender

A los veintidós años regresé a casa de mis padres. Había estado por fuera un tiempo intentando buscar la tan anhelada “independencia” con la que soñamos desde niños. Mis cinco hermanos mayores se habían casado y sentí que ya era mi turno. La vida en Bogotá no había sido fácil para una costeña que llegó a la deriva a buscar trabajo y estudios de posgrado sin apoyo económico. Pasando por casa de tías con las cuales no tenía ningún vinculo afectivo y compartiendo apartamentos con otras que también se arriesgaban a probar mejor suerte que en la provincia.

Sobreviviendo rupturas amorosas, y dificultades normales de trabajo, convivencia y adaptación,  entré en crisis de querer regresar a la casa de mis padres. Luego de dejar las llaves adentro de un apartamento un domingo en pijamas y sin encontrar cerrajería abierta (estamos hablando de 1991 cuando no había celular y el único modo era el teléfono público de la tienda de al frente, ya que los vecinos no te hacían ningún favor), me di cuenta que lo mas fácil era regresar. Ese día compartí cigarrillos y coffee delights ilimitadamente con el portero del edificio, hasta que por fin pude conseguir un cerrajero al final de la tarde. Fue cuando pensé que esto no me pasaría en mi ciudad, con mi familia, con la que siempre he contado. Entonces regresé a mi casa decepcionada de la vida allá afuera.

Me enfrenté de nuevo al régimen disciplinario de mi papá y a la economía exagerada de mi mamá. Esperaba que ellos solucionaran mis problemas. Regresar al nido fue como un refugio para mi pero a la vez significaba revivir conflictos de mi adolescencia. Además, la ansiedad e incertidumbre me habían ayudado a subir unos cuantos kilos, lo que bajaba aún mas mi autoestima. La presión del matrimonio pesaba. Era la edad “perfecta” para casarse. El volver a mi ciudad incrementó la necesidad de encontrar a alguien que solucionara la vida.

La presencia de mis sobrinos, la vida en familia, los domingos cuidando a mi adorado hermano menor despertaron mi maternidad. Por otro lado, lo “mal visto” de disfrutar espacios de soltera, sumándole la presión de los padres por cumplir las normas del hogar y la falta de recursos económicos para suplir mis necesidades, hicieron apresurarme al cambio de estado civil.

No se cuantas veces en la vida lamenté este regreso a casa. En momentos en que la vida me tocó el hombro dejándome algunas enseñanzas, me imaginaba si mi vida habría sido diferente si yo hubiese enfrentado y superado estos pequeños obstáculos. Afortunadamente hoy la mujer no siente la presión de casarse y tener hijos tan temprano como antes y las personas alrededor ya no se encargan de recordarlo tan seguido. Aunque son otras épocas, a veces la vida parece repetir su ciclo y revivirte estos momentos, en donde tus decisiones marcaron tu historia.

Hoy en día pienso que todo esto lo tuve que vivir. Que aunque mi primer matrimonio no tuvo éxito, tuve hijos maravillosos que me enseñan todos los días algo nuevo. Y por mas que quiera evitar que se repita esta historia con ellos, tengo que dejar que ellos mismos, se equivoquen o no, aprendan de la vida. Por eso te dejo mi reflexión de  la semana: Deja que tus hijos vivan y se equivoquen. La experiencia es nuestro mejor maestro.

 

 

2 comentarios en “Vivir para Aprender

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