Conectados con la Naturaleza 

“No te preocupes tía, que en seis horas lo superas”. Le dijo mi hijo mayor a mi hermana después de que ella llegara casi de noche al Cabo de la Vela. Había sido un viaje largo y difícil con mis tres hijos mayores quienes entraban a esa enfermedad llamada adolescencia. Era otra de esas aventuras que les iba regalando a medida que crecían para que conociéramos y aprendiéramos un poco de la vida que no te agradecen mucho en ese momento. Pero bueno, no les quedó más remedio que irse con su mamá y sus tíos a unas “súper”vacaciones de Diciembre. 

Dormíamos en hamacas y desde las seis de la mañana quedábamos casi que completamente expuestos al sol. Compartíamos entre doce el único baño de la ranchería sin luz con algunos un poco enfermos del estómago. Para rematar el agua que llevábamos se la tragó el radiador en la mitad de la nada cuando la temperatura del carro se disparaba lentamente a la letra H. Entonces decidí, para mi salud mental, conversar con las indígenas Wayúu de la zona y admirar la inmensidad del cielo y no prestar atención a las constantes quejas de los jóvenes viajeros.


Al día siguiente le dieron el último adiós a una gallina antes de ser degollada para el respectivo almuerzo, mientras la consolaban sobándola en la cabeza por una muerte más digna. (Razón por la que algunos dejaron de comer pollo por unos meses). Afortunadamente el resto del tiempo los pude distraer en épocas en donde aún no llevaban celular y se ilusionaban con aprender a manejar en esa playa desierta. 

Fueron tres días duros para todos, porque a pesar de haber disfrutado en otros paseos, este había sido el más largo en “playa baja”. Habíamos naufragado en el recorrido de aquel río caudaloso en donde nos dejamos llevar en neumáticos hasta el mar, atacados por jejenes inclementes. Llegamos a creernos perdidos alguna vez en las montañas de La Sierra Nevada. Sin embargo, esta prueba de supervivencia y súper convivencia era la más dura de todas. 

A pesar de todas las incomodidades, creo que de este viaje siempre recordarán los atardeceres, las noches estrelladas que jamás hayan visto. De las otras aventuras ecoturistas nunca olvidarán  el sonido de las cascadas y los aromas de flores exóticas y cultivos de café. 

Olvidamos de dónde venimos. Y peor aún, lo transmitimos a nuestros hijos. Como padres nos quejamos de verlos aferrados a la tecnología, desconectados de la familia y a menudo, tristes. Vivimos cerca al mar y pasamos los fines de semana en un centro comercial. Tenemos montañas cerca y parques naturales que no conocemos. Algo está al revés. Puede que sea una cuestión cultural. Que somos citadinos o que nos da miedo a lo desconocido. O quizás haya destinos para todos los gustos. Lo único cierto es que si queremos crear conciencia de cuidar y respetar la naturaleza, esto solo podrá ser posible si enseñamos a los hijos a estar en contacto con ella. La madre tierra sensibiliza y te conecta contigo mismo y con las personas que amas. Te estabiliza en un mundo complicado. Te hace valorar tus más importantes necesidades y te explica la razón de muchas cosas.

Hoy con esta nueva generación insisto contra viento y marea en escaparnos a lugares que nos equilibran y recuerdan de dónde venimos. A tener de vez en cuando esa cita con la naturaleza, así nos piquen los zancudos, quedemos insolados o estemos expuestos a otros peligros que también enfrentamos en las ciudades y moles de cemento en donde vivimos. Y ojalá algún día, ya sin las “caras largas” de los hijos y un poco más relajada, espero volver a disfrutar de esas noches estrelladas en ese sitio de felicidad que la tribu Wayúu llama Jepirá, o Cabo de La Vela, adonde ellos creen que llegan al morir.

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