A paz y salvo con el fútbol

  Mi primer partido en las Divas fue un verdadero desastre. Había corrido por toda la cancha sin tocar el balón ni conocer las reglas de un deporte que estaba de pelea conmigo. Difícilmente me había acercado al arco, salvo por unas cuantas caídas que entretuvieron no sólo a mis compañeras del equipo, sino al público en las gradas que incluía nada más y nada menos que a mi esposo y mi hijo, un verdadero crack del fútbol, y quienes habían ido a apoyarme en otra de mis locuras inventadas. 

No era buena idea debutar como principiante en un campeonato de fútbol femenino a los cuarenta y seis años. Aunque he sido deportista desde los cinco, pasando desde el atletismo hasta el racquetball y con buen estado físico y coordinación, definitivamente no era lo mío. No solo porque ya no estaba para “estos trotes” en un deporte de contacto y de alta exigencia, sino porque además no tenía preparación técnica, lo que lo hacía mucho más peligroso. El miedo me invadió más cuando fui presenciando como la mitad del equipo se iba lesionando una por una.

Creo que había aceptado el reto por la necesidad de enfrentar “al toro por los cachos”. El fútbol ha ido y venido a mi vida como un simbolo extraño. Desde mi adolescencia este deporte de masas que desvelaba a muchos se había interpuesto en mi camino.  Más específicamente en mi vida amorosa. Me resultaba curioso saber que era prioridad para algunos mientras yo no entendía las razones de perderse un día de sol por seis partidos seguidos de la copa europea ni celebrar un triunfo en la mitad de la calle hasta la madrugada. Habia sido el escenario de tormentas y matoneo de algunos de mis hijos, pero a la vez se habia convertido en la pasión y el desahogo de otro de ellos.


Esta semana, con el impacto tan fuerte que tuvo el accidente aéreo en donde falleció casi todo el equipo brasilero Chapecoense, tengo sentimientos encontrados. Creo que hay cosas que nos identifican y nos unen. Que no solo se trata de correr tras un balón y luego patearlo. Necesitamos de los demás. Comprendí que el individualismo nos hace egoístas y pedantes. Que además mi paso por las Divas no solo me sirvió para conocer buenas amigas, fortalecer músculos y bajar el colesterol, sino que me recordó la importancia del trabajo en equipo y la necesidad que tenemos de otros. Que debo reconocerle al balón todo lo que aleja a los niños y adultos de algunos vicios, los mantiene activos y es el medio de superación de algunos. 

A mis Divas amigas, gracias por su paciencia. Al amado fútbol, aunque no sea lo mío, lo perdono por los momentos amargos y le agradezco por los gloriosos. Estamos a mano. 

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