La Casita de Muñecas

Cuando me desperté y vi que El Niño Dios nos había traído una casa de muñecas y colocado entre las dos camas la rodé despacito hacia mi lado para que mi hermana no se levantara y supiera que era para las dos. Desde ese momento recuerdo peleas infinitas que iban desde las delatadas con nuestros padres hasta pellizcos y ni que decir de las verbales. 

Así crecimos en una familia numerosa. Luchando por la supervivencia del más fuerte. El cuarto compartido se convirtió en un ring de boxeo entre dos hermanas de tan solo un año y medio de diferencia. Hasta que no hubo más remedio que separarnos de habitación para que no sucediera una tragedia. 

Nuestros únicos momentos en común se resumían a las compincherias de escapadas y mentiras piadosas para poder alcahuetarnos mutuamente y lograr permisos imposibles en donde me mandaban de emisaria para ver si la menor de la casa podía convencer a mi papá.

 Entraba al cuarto de mis padres con carita de yo no fui. Me sentaba junto a la hamaca en donde mi papá siempre estaba. Me aguantaba largas horas de programas aburridos de televisión para lograr abrir la boca y balbucear: papi, podemos…a lo que el siempre decía.”Ya dije que no”. Y yo salía como perrito regañado con el rabo entre las piernas sin haber logrado el objetivo.

La adolescencia incrementó las peleas entre hermanas. Peor aún cuando compartimos el mismo salón de clases y los profesores tenían que ubicarnos en lugares opuestos para que no continuáramos con la guerra familiar.

 Ya en la universidad, la cosa se calmó un poco y cada una andaba en lo suyo. Solo convergíamos en la complicidad de lo escondido o en el soborno de la empleada para que nuestros padres no se enteraran de los pecaditos. Como fue “el paseo ecológico” ficticio de un supuesto trabajo universitario a Ciudad Perdida en donde nos terminaron “pillando”. Y ese viaje de escape a Cartagena de noche cuando el amigo que nos llevaba solo apareció en la madrugada y pudimos regresar a la casa ya de día, luego de haber atropellado a un perro en el camino. Tocó armar una escena dentro del estudio para que creyeran que habíamos estado allí todo el tiempo. 

Hoy, ya en la otra mitad de nuestras vidas veo como todas esas situaciones de conflicto solo son evolutivas. No separan sino que por el contrario son necesarias para crecer. Que ya con hijos y después de habernos apoyado y vivido tantos momentos difíciles, solo me queda decirte: Gracias hermana. Perdóname por la casita de muñecas, las jaladas de pelo, las usadas de tu ropa y las insultadas sin piedad. 

Los hermanos son parte de nuestro proceso de vida. Son estrellas compañeras en este cielo enorme e incierto que siempre estarán allí. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s