Carta de mi niña interior

Abrázame fuerte. Tengo miedo. Quiero sentirme segura a tu lado. Deseo crecer en un mundo donde los abrazos sólo sean de amor y los besos en la frente sean de cariño y protección. Quiero tus manos en mi espalda pequeñita sólo para sentir las caricias de los dedos de quienes me amen y que las miradas sólo sean para ver si estoy bien.

Protégeme cuando no sea así. Hazme hablar cuando no esté cómoda. No me hagas callar. Así sienta pánico de quién me hace sentir mal. Déjame vestir como yo me sienta bien. No es para provocar. Aléjame de los que me miran de otra forma y hazme pensar diferente para que me vean por lo que conozco y no por lo que crean que parezco.

Enséñame a ignorar el rechazo. La belleza que vale es la que llevo por dentro. No dejes que me regale. Evítame peligros y malas compañías. Déjame conocer a personas que me valoren por mis sentimientos y no por mi cuerpo. Permíteme encontrar a alguien que descubra mi alma y así juntos podamos amarnos. Gracias por estar pendiente de mi.

Con amor, tu niña interior.
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Memorias de cuando nos dieron “The Talk” (La Charla)

Había que subir al piso seis a las siete de la noche en aquel edificio en donde pasábamos las vacaciones frente al mar. Eso fue lo que nos dijeron a mi hermana y a mí unos niños mayores que nosotros. Aún recuerdo el banquito de madera en donde nos sentaron como a los ocho y nueve años a contarnos como se formaban los bebés. No se cuales habrán sido sus intenciones, pero hubiera preferido que me lo explicaran otras personas y en otro contexto.

Mi mamá creía (y sigue creyendo en su memoria fluctuante) que la playa “incita”, verbo que confundí por mucho tiempo como sinónimo de perjudicar o embarazar y llegué a entenderlo mucho después. Gracias a los inventados proyectos de ciencias en casa de amigas los domingos no me perdí de estos planes. Nos decían que solo podíamos ir a cine en vespertina porque la noche era para el pecado. Como si el cine fuera claro de tarde y más difícil para hacer las “maldades” con los novios. Afortunadamente también asistí a cuanto evento imaginario había en la ciudad para poder lograr ir a cine a la hora que iban todos. Nos exigían que las visitas se recibieran afuera de la casa y solo podían entrar a usar el baño, porque el segundo piso era el único sitio en donde podía ocurrir lo inocurrible. Así crecimos con la palabra de la S como tema tabú y misterioso en donde lo mas prohibido se volvía lo más interesante.

Con la primera tanda de mis hijos mayores decidí yo misma darles “the talk”. Por sugerencia de un seminario de educación sexual que asistí como docente de un colegio bastante liberal en estos temas. Preparé un baño de tina con preservativos que inflábamos  para explicar el proceso. No sé si entendieron o si el juego sirvió para algo. Igual más nunca lo hablamos (o quizás ya lo sabían todo).

Aunque me seguí sonrojando ante escenas picantes de películas que compartí con ellos, nunca más cambié el canal ni se volvió el gran tema ni el asunto mas pecaminoso. Aprendí que no hay que decirles mentiras y que lo mejor es que ellos puedan preguntarme y contarme lo que sea (aunque está bien si no lo hacen).Que igual todo lo van a saber por otro lado y no sabemos si va a ser solo una cátedra, como fue con nosotras o tal vez, en vivo y en directo estilo role play.

Apoyo el respeto en casa y prefiero que las exploraciones y clases de biología y anatomía humana que se alborotan con las hormonas adolescentes se den en sitios en donde no los vea. Pero tal vez, situaciones de abuso, de embarazos tempranos y no deseados y otros sucesos incómodos se podrían evitar si tienen a alguien que los ama tanto como tú para confiarles sus secretos. Y aunque nunca nos compartan los detalles del primer beso o los primeros “encuentros cercanos del tercer tipo”, no los juzguemos ni desterremos por haberse atrevido a consultarnos aspectos que forman parte de su intimidad.

 Hoy, cuarenta años después, junto con mi hermana soy consciente de que aunque en otros tiempos nuestros padres creían que había que protegernos (seguro también nos evitaron peligros), y con tanto bombardeo de información, lo mejor es que con orientación y tacto, y obviamente de acuerdo a las edades, seamos los padres quienes demos la charla de la sillita de madera.