¿Memoria Selectiva o Mecanismo de Defensa?

Estuvo en la clínica acompañando día y noche a mi papá en sus últimos días, consciente de su gravedad. Aunque ya había comenzado a olvidar cositas y repetía otras cuantas, su mente estaba intacta. Ella no dejaba de llorar en los días dificiles, más aún con el desenlace de la emergencia de mi papá, la que llevó a los médicos a decidir amputarle la pierna. Ese duro momento en que para mí fue el principio de su fin y lo que hizo que no volviera a despertar.

En los siguientes días hizo un corto duelo cuando se acordaba de su viudez hasta que pude percibir que algo pasaba cuando en una de las misas de pésame le contestó a alguien que le preguntó: ¿Cómo estás Margarita? A lo que respondió. Yo, divinamente. ¿Y tú?                

Comenzó una etapa de negación que los médicos llaman aceleramiento de su Alzheimer que ya lleva casi un año y medio. No olvida el nombre de sus siete hijos, su “economía” extrema, sus chistes de doble sentido y su habilidad para la pintura y el piano, lo que le da tranquilidad y la hace inmensamente feliz.

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Pero para ella, mi papá sigue allí, ya sea en su cuarto o en la finca. Cuando sale, quiere regresar rápido a casa porque dice que él la espera.  Optamos por “seguirle la corriente” para que siga viviendo feliz con su recuerdo. Nunca se queja ni llora su ausencia. 

No hemos entendido porqué se “bloqueó” con el episodio de la muerte de quien fue su compañero por casi 60 años, pero en medio de la pérdida, ese “mecanismo de defensa” la ha protegido del sufrimiento y le ha permitido seguir disfrutando de la vida. Como hija, me parece que es increíble cómo el ser humano puede blindarse del dolor a través de la mente. 

Mami, ¿Dónde se ha ido mi mascota?

Perder a una mascota duele. Más duele ver a los hijos sufrir la que quizás puede ser su primera pérdida. Empiezan a preguntar adónde está, cómo se entierra, y si ya no lo verán más. Puede ser el comienzo para explicarles el proceso inevitable de la vida, así como también la oportunidad para amar, cuidar y valorar lo que tenemos.

La entrega de fidelidad de un animal hacia su amo podría ser la más pura y completa que exista. En medio de nuestros afanes de la vida, nos suaviza y enternece el corazón.

La falta de tu mascota se hace sentir con el paso de los días. Te diriges al sitio de su plato a servirle agua. Te preocupas por qué no lo has sacado al patio. Un duelo que te desvela a evocar sus recuerdos con agradecimiento.

Tengo claro que debía atender a mis hijos primero. El desayuno, las loncheras, las alistadas para el colegio. Pero mi perro siempre estaba allí. En su puesto. Con el brillo más intenso en sus ojos y su cuerpo peludito. Esperando su turno sin exigirme, sin manipularme para que yo acariciara sus bigotes, le diera de comer o lo paseara por un rato.

Como pequeños maestros, las mascotas llegan a nuestra vida por corto tiempo a dejar una huella imborrable y una lección de vida. La entrega incondicional del amor puro, el silencio, la prudencia y la espera paciente. No porque se vayan renunciemos a tener una nueva mascota. Enseñemos a nuestros hijos a llevar el duelo, superar la pérdida y seguir adelante con los recuerdos de los momentos más felices. Hacer que lo pinten, que hablen de él, que lloren. Hay que dejarlos sanar.

Solo tengo gratitud hacia mi compañero inseparable de aventuras y testigo de mi felicidad. El que estuvo en las tristezas y soledades y también en los mejores momentos. Quien vió crecer a unos y nacer a otros. El que no se perdió una clase de canto, piano o pintura ni un viaje ecológico. Otro miembro de mi familia. Su final en este mundo llegó, pero nunca estará ausente en nuestros corazones.