Momagers

Como mamá del que nació haciendo arte no quedaba más remedio que impulsarlo. ¿Tu hijo es uno que es como loquito? Me preguntaron alguna vez. Y yo feliz de ese atributo, me sentí siempre orgullosa de que brillara con luz propia “outside the box”. 

Azul III juansebastian.com @juansebastianf

                    Toqué las puertas (abiertas y cerradas) de contactos artísticos y al final, hinchada del orgullo y la emoción terminaba tomándome todo el vino que brindaban en las exposiciones. 

Más de una vez lo escuché decirme: Mami, ya bájale a la intensidad. Es por esto que aplaudo todos los comentarios de las mamás en los triunfos de sus hijos, (aunque nos pasemos en los likes), porque más allá de apoyarlos, somos quienes de verdad vemos el talento y el esfuerzo que se forjaron a través de los años. 
Nuestra casa es testigo de ser depósito de luces, disfraces, accesorios para los sets y obras de artesanos que utiliza para sus proyectos, los que pueden tardar meses para que se desarrolle una sola fotografia.

Ya sea en Nueva York o en Palenque, la Mamager siempre está colaborando con el trabajo.  

Lo que hagas por tus hijos es invaluable. Conviértete en la promotora de sus sueños, manteniendo siempre la discreción y reconociendo que sus logros son suyos. Y así, cuando tu corazón te diga que ya llegó el momento preciso, déjalos que vuelen solos.

¿Qué aprende un profesor?

De mis alumnos adolescentes aprendí mas que ellos de mi. En once años como catedrática de inglés como lengua extranjera en la Universidad del Norte y otros más en el Colegio Alemán, conocí todo tipo de personajes que siguieron formándome como ser humano y me hicieron comprobar que en esta etapa de la vida los jóvenes aún pueden llegar a ser moldeables.

Me propuse, en cada semestre, dejar alguna huella que fuera más allá del Hello my name is. Mostrar mi lado frágil como era sacar una lagrimita con los videos anti-bullying que veiamos desde el primer día de clases, aunque no estuviera en el programa, para que les quedara claro que en mi salón NO estaba permitido acosar a nadie por cualquier diferencia. 

Creo que aunque no fue estrategia, logré una empatía especial que hace que nos conectemos cuando nos vemos las caras por ahí, en la calle o las redes sociales e inclusive hasta en mi trabajo actual. Percibí como ese contacto hizo posible que algunos mostraran su lado más  humano hasta el punto de contarme problemas que parecieran no incumbirle a un docente universitario. 

Vi con ojos de mamá la transformación de muchos en los pasillos o en la cafetería, cuando me sonreían con camaradería y un cierto grado de complicidad. Fui paciente con alumnos de Enfermería y Medicina que se dormían en clase por haber estado de turno la noche anterior. Otros de Ingenierías que “pernoctaban” en el campus sin haber almorzado. Algunos que venían de provincia y extrañaban sus hogares, los que que a veces pedían prestado para el transporte de regreso y aquellos que aún no eran capaces de aceptar su identidad sexual.

Me convertí en la “teacher-mom” de muchos a quienes protegía de acoso y trataba de enseñarles que tenían todo el derecho de ser respetados de manera que en mis clases el acosador era el acosado. 

Perdoné a quienes aprovecharon mi ida al baño para tomarle fotos al examen del día siguiente y encubrí a quien tuvo la valentía de revelarme el secreto para que yo cambiara las preguntas. 

Todos ellos me aportaron una gran dosis de calidez humana. Los más sensibles, los  controversiales, los perezosos y hasta los pilosos que trataban de corcharme con sus preguntas rebuscadas. Este patrón que se repetía en cada aula, resumía la complejidad de la condición humana y me enseñaba a ser un poco más tolerante ante la diversidad.

A todos ellos y a mis colegas docentes, mis sinceros agradecimientos porque hicieron que valiera la pena una labor a veces menospreciada pero tan gratificante y me convirtieron en una madre más comprensiva. Los profesores aprendemos de los jóvenes más de lo que creemos y a la vez nos convertimos en sus modelos de vida. 

Memorias de cuando nos dieron “The Talk” (La Charla)

Había que subir al piso seis a las siete de la noche en aquel edificio en donde pasábamos las vacaciones frente al mar. Eso fue lo que nos dijeron a mi hermana y a mí unos niños mayores que nosotros. Aún recuerdo el banquito de madera en donde nos sentaron como a los ocho y nueve años a contarnos como se formaban los bebés. No se cuales habrán sido sus intenciones, pero hubiera preferido que me lo explicaran otras personas y en otro contexto.

Mi mamá creía (y sigue creyendo en su memoria fluctuante) que la playa “incita”, verbo que confundí por mucho tiempo como sinónimo de perjudicar o embarazar y llegué a entenderlo mucho después. Gracias a los inventados proyectos de ciencias en casa de amigas los domingos no me perdí de estos planes. Nos decían que solo podíamos ir a cine en vespertina porque la noche era para el pecado. Como si el cine fuera claro de tarde y más difícil para hacer las “maldades” con los novios. Afortunadamente también asistí a cuanto evento imaginario había en la ciudad para poder lograr ir a cine a la hora que iban todos. Nos exigían que las visitas se recibieran afuera de la casa y solo podían entrar a usar el baño, porque el segundo piso era el único sitio en donde podía ocurrir lo inocurrible. Así crecimos con la palabra de la S como tema tabú y misterioso en donde lo mas prohibido se volvía lo más interesante.

Con la primera tanda de mis hijos mayores decidí yo misma darles “the talk”. Por sugerencia de un seminario de educación sexual que asistí como docente de un colegio bastante liberal en estos temas. Preparé un baño de tina con preservativos que inflábamos  para explicar el proceso. No sé si entendieron o si el juego sirvió para algo. Igual más nunca lo hablamos (o quizás ya lo sabían todo).

Aunque me seguí sonrojando ante escenas picantes de películas que compartí con ellos, nunca más cambié el canal ni se volvió el gran tema ni el asunto mas pecaminoso. Aprendí que no hay que decirles mentiras y que lo mejor es que ellos puedan preguntarme y contarme lo que sea (aunque está bien si no lo hacen).Que igual todo lo van a saber por otro lado y no sabemos si va a ser solo una cátedra, como fue con nosotras o tal vez, en vivo y en directo estilo role play.

Apoyo el respeto en casa y prefiero que las exploraciones y clases de biología y anatomía humana que se alborotan con las hormonas adolescentes se den en sitios en donde no los vea. Pero tal vez, situaciones de abuso, de embarazos tempranos y no deseados y otros sucesos incómodos se podrían evitar si tienen a alguien que los ama tanto como tú para confiarles sus secretos. Y aunque nunca nos compartan los detalles del primer beso o los primeros “encuentros cercanos del tercer tipo”, no los juzguemos ni desterremos por haberse atrevido a consultarnos aspectos que forman parte de su intimidad.

 Hoy, cuarenta años después, junto con mi hermana soy consciente de que aunque en otros tiempos nuestros padres creían que había que protegernos (seguro también nos evitaron peligros), y con tanto bombardeo de información, lo mejor es que con orientación y tacto, y obviamente de acuerdo a las edades, seamos los padres quienes demos la charla de la sillita de madera.
 

 

 

 

Conectados con la Naturaleza 

“No te preocupes tía, que en seis horas lo superas”. Le dijo mi hijo mayor a mi hermana después de que ella llegara casi de noche al Cabo de la Vela. Había sido un viaje largo y difícil con mis tres hijos mayores quienes entraban a esa enfermedad llamada adolescencia. Era otra de esas aventuras que les iba regalando a medida que crecían para que conociéramos y aprendiéramos un poco de la vida que no te agradecen mucho en ese momento. Pero bueno, no les quedó más remedio que irse con su mamá y sus tíos a unas “súper”vacaciones de Diciembre. 

Dormíamos en hamacas y desde las seis de la mañana quedábamos casi que completamente expuestos al sol. Compartíamos entre doce el único baño de la ranchería sin luz con algunos un poco enfermos del estómago. Para rematar el agua que llevábamos se la tragó el radiador en la mitad de la nada cuando la temperatura del carro se disparaba lentamente a la letra H. Entonces decidí, para mi salud mental, conversar con las indígenas Wayúu de la zona y admirar la inmensidad del cielo y no prestar atención a las constantes quejas de los jóvenes viajeros.


Al día siguiente le dieron el último adiós a una gallina antes de ser degollada para el respectivo almuerzo, mientras la consolaban sobándola en la cabeza por una muerte más digna. (Razón por la que algunos dejaron de comer pollo por unos meses). Afortunadamente el resto del tiempo los pude distraer en épocas en donde aún no llevaban celular y se ilusionaban con aprender a manejar en esa playa desierta. 

Fueron tres días duros para todos, porque a pesar de haber disfrutado en otros paseos, este había sido el más largo en “playa baja”. Habíamos naufragado en el recorrido de aquel río caudaloso en donde nos dejamos llevar en neumáticos hasta el mar, atacados por jejenes inclementes. Llegamos a creernos perdidos alguna vez en las montañas de La Sierra Nevada. Sin embargo, esta prueba de supervivencia y súper convivencia era la más dura de todas. 

A pesar de todas las incomodidades, creo que de este viaje siempre recordarán los atardeceres, las noches estrelladas que jamás hayan visto. De las otras aventuras ecoturistas nunca olvidarán  el sonido de las cascadas y los aromas de flores exóticas y cultivos de café. 

Olvidamos de dónde venimos. Y peor aún, lo transmitimos a nuestros hijos. Como padres nos quejamos de verlos aferrados a la tecnología, desconectados de la familia y a menudo, tristes. Vivimos cerca al mar y pasamos los fines de semana en un centro comercial. Tenemos montañas cerca y parques naturales que no conocemos. Algo está al revés. Puede que sea una cuestión cultural. Que somos citadinos o que nos da miedo a lo desconocido. O quizás haya destinos para todos los gustos. Lo único cierto es que si queremos crear conciencia de cuidar y respetar la naturaleza, esto solo podrá ser posible si enseñamos a los hijos a estar en contacto con ella. La madre tierra sensibiliza y te conecta contigo mismo y con las personas que amas. Te estabiliza en un mundo complicado. Te hace valorar tus más importantes necesidades y te explica la razón de muchas cosas.

Hoy con esta nueva generación insisto contra viento y marea en escaparnos a lugares que nos equilibran y recuerdan de dónde venimos. A tener de vez en cuando esa cita con la naturaleza, así nos piquen los zancudos, quedemos insolados o estemos expuestos a otros peligros que también enfrentamos en las ciudades y moles de cemento en donde vivimos. Y ojalá algún día, ya sin las “caras largas” de los hijos y un poco más relajada, espero volver a disfrutar de esas noches estrelladas en ese sitio de felicidad que la tribu Wayúu llama Jepirá, o Cabo de La Vela, adonde ellos creen que llegan al morir.